BORDER
What
might have been is an abstraction
Remaining a perpetual possibility
Only in a world of speculation.
T.
S. Eliot
No sabía cómo disimular ese dolor que sentía, sin que
mi hija de 10 años me viera. Yo estaba ahí, como cada sábado en la mañana, luego
de la separación, mientras me venía a la memoria un torrente de imágenes de
todos los desastres que había provocado mi trastorno recién asumido y
asimilado. Desplantes, peleas, líos descomunales, fracasos matrimoniales, inestabilidad
familiar, heridas profundas, caos. Las lágrimas fluían sin permiso y yo pensaba
en todas las amistades, las parejas y los familiares que habían padecido mis
febriles impulsividades a lo largo de todos estos años. Porca miseria. Me
harían falta dos vidas más para resarcirme —y resarcirlos— por todo el enorme
desastre que había sido mi vida. Sentí que debía empezar por algún lado, así
que empecé a marcar los números de mis amigos de infancia. A ellos, a quienes
conozco desde hace más de cuatro décadas, cuando cazábamos jañapes en Talara,
les debía una disculpa, una básica aclaración o justificación que no sonara
tanto a eso, sino a un sincero arrepentimiento. Ya había empezado la noche
anterior con mi hijo mayor. Los sutras y los poemas neurodivergentes ayudarán, por otro lado.
Esa noche de otoño de 1998, Quilca lucía diferente. Su áspera belleza no se manifestaba con suficiente fuerza y tenía el aspecto de un lugar seguro y agradable, casi como el barrio de mi infancia, cerrado y costero. Ya no pensaba en el gobierno de corruptos y autócratas que maneja el país a sus anchas. Un oscuro individualismo me embargaba y solo debía dejarme llevar. Había presentado mi carta de renuncia a la organización en la que militaba y ahora solo era un animal solitario y noctívago. ¿Qué descubriría en esta nueva incursión por los ambientes sórdidos y decadentes del Centro? ¿Por qué renuncié a los consejos de mi padre? ¿Era la oveja negra y funesta de mi familia o era solo un tarambana con una frivolidad propia de la edad? Antes de llegar a la plaza San Martín, divisé la antigua quinta con aires neoclásicos ahora convertida en un antro para la diversión y el placer. Subí la escalera con agilidad y me vi en el vestíbulo, pensando encontrar a alguien que me recibiera o inquiriera. No había nadie. Como el silencio me daba confianza, decidí entrar y me dispuse a explorar el lugar. Ni una sola alma. ¿Todos habían sido víctimas de una abducción? O tal vez la explicación era más simple, prosaica. Estaba absorto de ser envuelto por el silencio y por el mobiliario que empezó a revelarse con significados cargados de misterio y simbología. Asomé la cabeza por el balcón y observé las farolas melancólicas a esta hora de la gran urbe. La ciudad había enmudecido por completo. Eran las diez de la noche y mi juventud había empezado a marchitarse irremediablemente.
11-01-26
M. Ríos

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